Un mundo de piedra.

XX

Mientras los árboles se llevaban nuestras almas, piaban los pájaros a nuestro son, rozaban tus manos mi tortura, leías mi perfume forman...

lunes, 21 de diciembre de 2015

I- La niña indefensa.

Yo solo seguía siendo una niña frágil, que al levantarse de aquel sitio mis oscuros cabellos, dorados como el oro; cubrían mi famélico cuerpo haciéndome de manta. La espesa niebla en forma de nube contribuía a una decoración para el siniestro lugar, acompañada de un envolvente hedor a rosas que provenía de un lugar apartado y nostálgico. Por fin, lentamente, dejé de llorar. Las lágrimas nunca sirvieron de nada, ni nunca iban a servir. Mis ojos pardos no vieron o imaginaron nunca tanta oscuridad junta. Mi piel blanca estaba aún más pálida de lo habitual. Sentía que habían robado mi alma.
Mi nombre es Ruth, o eso es lo que recuerdo, porque tan solo sé eso; pero no necesito saber nada más. Por lo que habré calculado, habrá pasado una hora y sigo en la misma posición, pero mis pobres uñas supongo que las estaré digiriendo; ya que mis nervios me han impulsado a hacerlas desaparecer. Me siento más cansada de lo frecuente, la desesperación se apodera de mi ser. Ya lo había sentido antes y demasiadas veces, la soledad me va comiendo por dentro y me deja tan rota que ya ni llego a sentir la desesperación. He intentado salir de ese infierno, solo tengo que deshacerme del anillo. Los recuerdos están realmente borrosos, es todo demasiado maquiavélico, sólo sé que cuando lo llego a rozar mi corazón arde y él me golpea. Pero sigo sin poder mover ni un solo músculo. Estos pequeños y finos labios se agrietan poco a poco y noto como la sangre se desliza por la comisura de mi boca mientras mis llantos internos me golpean el alma. Mis ojos se cierran, pero ya era demasiado tarde para mis pupilas, cuando un brote de luz las golpeó dejándome así todo borroso. Solo veía pequeños destellos. Empecé a parpadear rápidamente, como si la vida me fuera en ello. Entonces un grito de esperanza se asomó cuando por fin, pude llevarme las manos a los ojos para así frotármelos. 
Ojos y pieles de todos los colores rodeaban aquella cama blanca mientras me miraban atentamente. Un camisón cubría mi cuerpo dejando al descubierto moratones en todas las extremidades de él. Al cabo de un segundo preferí volver a ese agujero negro.
-Tranquila, ese hombre no te volverá a tocar.-
Las palabras que salieron de la hermosa mujer de pelo canoso y ojos claros retumbaron en mi cabeza. Miré hacia mis manos, sucias, dos anillos en cada una. "Ese hombre". Automáticamente me quité el anillo, no me quise preguntar el por qué, solo sabía que no debía estar puesto. Las lágrimas se asomaron de nuevo en mi rostro.